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domingo, 26 de setembro de 2010

Simplemente un Poeta por Mario Beer-Sheva



He leído lo que escribes y me ha llenado de emoción, tu prosa es real.
¿Acaso lo has vivido o es tu fecunda imaginación?
¿Quién eres, buen señor, que con tanta elegancia escribes, y el pecho tiembla de emoción?
¡Con que facilidad, tus palabras, caen escritas, en el papel! Algunas mojan mis ojos y otras, en mi boca una sonrisa, pero en todos los casos, tus palabras no vuelan al viento, quedan prendidas en el corazón.
Cuando escribes, se te nota un gran valor, no cualquiera está dispuesto a hablar de temas tan osados, tan valientes, como es el amor, la pasión, la alegría y el dolor. ¿Quién puede asomarse a la vida y hablar de ella, como lo haces tú? ¿Quién puede enfrentar al destino, con palabras tan filosas que puede herir o acariciar nuestra piel?
¡Eres tú! Sin duda, tu, el que puede transformar la pasión, en un suave beso como si fuera una flor. Como un príncipe encantado, vas por el mundo, dejando a tu paso, el conocimiento que has adquirido para vivir mejor. Tú vienes, y has aprendido, de los antiguos juglares, que con sus canciones y sus versos, eran llamados a las cortes, para que cuenten sus aventuras, canten sus canciones, y hablen de las bellezas que nos da el amor.
¡Si señor, ahora sé quién eres! Tu porte, tu cultura, tu valentía, es fácil reconocerte. Te destacas en la vida y hoy quiero presentarte...
¡Señor, señora, con ustedes!
...simplemente un poeta...


Mario Beer-Sheva


sexta-feira, 24 de setembro de 2010

El Bosque por Mario Beer-Sheva





Amanecía, en el bosque. Los pájaros pequeños, los primeros en despertar, salían a buscar su alimento. Los gorriones machos peleando por sus hembras, las hembras buscando pequeños gusanitos para alimentar su cría, las crías, con sus picos muy abiertos, a gritos, reclamaban su comida. De pronto, el cazador levantó su arma y cuidadosamente le apuntó a la hembra. La hembra cayó y el bosque se silenció. Los pichones, con hambre, también hicieron silencio. Fue un duelo total, las hojas de los árboles dejaron de agitarse, las ramas detuvieron su ejercicio matinal, el río se detuvo en la pendiente, el bosque, todo, que conoce el dolor y el temor, al cazador o al hachero, quedó inmóvil y dejó de crecer. El cazador muy contento volvió sobre sus pasos, en un tropiezo, en un hoyo cayó, en la caída perdió el arma. Cuando comenzó a pedir auxilio todo el bosque revivió, los gritos, los graznidos, los chillidos, el rumor del agua, el viento en los árboles, todos volvieron a tener sonido y con ello taparon los gritos de cazador. Algunos de los pájaros, los más osados, se acercaron al pozo a contemplar al cazador y oír como su voz se iba apagando, por el esfuerzo hasta quedar en una ronquera, que nadie entendía lo que decía. Los pájaros siguieron con su vida: los machos peleando por sus hembras, las hembras recogiendo gusanitos para alimentar a sus pichones y a los pichones de los demás.




Mario Beer-Sheva